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<title>Documento sin t&iacute;tulo</title>
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<div align="justify">
  <h2>EL LADR&Oacute;N FUE&hellip;EL TIEMPO </h2>
</div>
<p align="right"> <strong><em>Antonio Galeano</em></strong><br>
</p>
<p align="justify">Esta historia es real pero posiblemente nunca debi&oacute; ser contada. Ocurri&oacute; una noche perdida para siempre en los rincones m&aacute;s ocultos de la memoria. Fue el secreto mejor guardado. En tan s&oacute;lo unas horas hab&iacute;a que despejar las dudas eternas en las que se mueven los hombres: las que rozan el abismo de las traiciones y las que desaparecen con el esp&iacute;ritu de las lealtades.</p>
<p align="justify">  Los nombres que aparecen a continuaci&oacute;n son ficticios. Los verdaderos se quedaron para siempre en los pasillos que conectaban la respetable sala de profesores y la inquieta clase de Segundo C.</p>
<p align="justify"> Aquella noche pudo haber cambiado el devenir particular de cada uno de nosotros. La convertimos premeditadamente en un laberinto de latidos acelerados y de temores inconfesables.<br>
</p>
<hr align="JUSTIFY">
<p align="justify">Todav&iacute;a recuerdo aquel sudor fr&iacute;o que desprend&iacute;a mi cuerpo. Y el dolor de est&oacute;mago, el siempre presente dolor de est&oacute;mago. Don Gabriel entr&oacute; como cada ma&ntilde;ana. Erguido, elegante, firme y correcto. Escrupulosamente correcto. <br>
Era cuesti&oacute;n de tiempo. De segundos. Mir&oacute; al frente. Contempl&oacute; a sus alumnos por encima de sus gafas y se dispuso a lanzar la primera pregunta. En aquel examen nos jug&aacute;bamos el curso entero de Lat&iacute;n. Fueron los segundos m&aacute;s eternos de toda nuestra vida en el Instituto. Aquella terror&iacute;fica primera pregunta iba a certificar el &eacute;xito de una osad&iacute;a o el fracaso de una aventura. </p>
<ul>
  <li>Se&ntilde;ores, buenos d&iacute;as&hellip;Espero que hayan preparado bien este examen y les deseo suerte.</li>
</ul>
<p align="justify"> Primera pregunta&hellip;<br>
  Por favor, silencio. &iexcl;Aquellos pupitres del final! &iexcl;Javier, Lu&iacute;s, Mar&iacute;a! Que parecen ustedes una familia de las que no se llevan ya: &iexcl;Qu&eacute; juntitos!...Sep&aacute;rense un poco m&aacute;s que hoy no hace tanto fr&iacute;o. &iexcl;Que ya nos conocemos todos!<br>
  Bien, tomen nota se&ntilde;ores y tranquilidad. <br>
  Primera pregunta&hellip;</p>
<p align="justify">Todo comenz&oacute; a fraguarse seis horas antes. Algunos a&ntilde;os despu&eacute;s pude contemplar aquella misma luna de finales de Mayo, en las emocionantes noches de &Aacute;frica. <br>
&Eacute;ramos so&ntilde;adores. Y por supuesto, osados. Adolescentes. <br>
  Seis horas para entrar, para encontrarlo, para salir y para comunicarlo.<br>
  Pedro se hab&iacute;a hecho con la r&eacute;plica de las llaves. Berto ten&iacute;a localizado el examen, dec&iacute;a saber el lugar exacto donde estaba. Y Manu era el encargado de vigilar todo movimiento cercano y extra&ntilde;o. &Eacute;l deb&iacute;a permanecer fuera. <br>
  En las dependencias del Seminario, la luz del cuarto de don Enrique todav&iacute;a no se hab&iacute;a apagado. No ser&iacute;a la primera vez que lo vi&eacute;ramos leyendo su Biblia por los aleda&ntilde;os de nuestras habitaciones, comprobando en cada momento que todo estaba en orden. El orden que se bendec&iacute;a y se reclamaba de forma permanente y que est&aacute;bamos a punto de violar de madrugada.</p>
<p align="justify">En el pabell&oacute;n de internos, los flexos de cada habitaci&oacute;n delataban &eacute;poca de ex&aacute;menes en aquella calurosa primavera del 80. Las normas eran claras: ni chicas en los cuartos ni salidas a partir de las 10 de la noche. <br>
  La hora fijada eran las tres de la madrugada. <br>
  Pedro sac&oacute; una de las dos llaves de su bolsillo, y tembloroso, abri&oacute; la puerta que comunicaba el Seminario con el Instituto. A la izquierda, las clases. A la derecha, la secretar&iacute;a y la sala de profesores. La segunda llave se resist&iacute;a. Durante 50 segundos, Pedro maldec&iacute;a y juraba. Juraba haberlas probado.</p>
<ul>
  <li>&iexcl; Ya est&aacute; &iexcl; </li>
</ul>
<p align="justify">La puerta se abri&oacute; sin m&aacute;s resistencia que nuestra propia ansiedad. Berto encendi&oacute; su mechero y vio enseguida la carpeta amarilla junto a la fotocopiadora. Apenas cinco folios. Apuntes de don Gabriel sobre asuntos dom&eacute;sticos y justo el &uacute;ltimo de los papeles, lo que deb&iacute;a ser el examen. Cinco preguntas. La primera: &ldquo;Ita solus potitus imperio Romulus; condita urbs conditoris nomine appellata&rdquo;. An&aacute;lisis y traducci&oacute;n.<br>
    <br>
    R&aacute;pidamente saltaron todas las dudas. Si se hab&iacute;a olido algo, pod&iacute;a haber pensado otro examen y no dejarlo donde sol&iacute;a. No hab&iacute;a m&aacute;s margen. Copiaron las preguntas en una de las fichas que Pedro llevaba en su pantal&oacute;n vaquero. Se aseguraron que todo estaba en su sitio y volvieron a colocar la carpeta amarilla junto a la fotocopiadora. Cerraron la puerta de la sala de profesores y al llegar a la del pasillo, vieron a Manu descompuesto. La cara p&aacute;lida. Apenas pod&iacute;a contener el v&oacute;mito. Los nervios le hab&iacute;an vencido. Los tres se dirigieron con paso firme y silencioso hacia el pabell&oacute;n donde esper&aacute;bamos impacientes y no menos aterrados.<br>
    Tan s&oacute;lo pod&iacute;amos salir de las habitaciones para ir a los servicios comunes del edificio. &Eacute;se hab&iacute;a sido fijado como el lugar de encuentro. De uno en uno. All&iacute; nos &iacute;bamos pasando las preguntas como si se tratara de la informaci&oacute;n de un crimen. Si alguno de nosotros flaqueara ante un imprevisto, si confesara lo ocurrido por temor a un severo castigo, todo se vendr&iacute;a abajo como un castillo de naipes. <br>
    Aquellas cinco preguntas eran nuestra salvaci&oacute;n. No hab&iacute;a tiempo para m&aacute;s. Hab&iacute;amos consumido todo nuestro esfuerzo en preparar aquella locura en vez de dedicarnos al estudio de la &uacute;ltima evaluaci&oacute;n. <br>
    Si no era el examen de don Gabriel, el curso estaba perdido. Otro grado m&aacute;s de inquietud: se podr&iacute;a dar cuenta de que alguien ha estado hurgando en su carpeta. Si fuese as&iacute;, a nadie se le escapa que cambiar&aacute; el examen. <br>
    La noche se pas&oacute; en vela. En el desayuno, ni una de las bromas a las que est&aacute;bamos acostumbrados. <br>
    Nos dirigimos a clase con el coraz&oacute;n a mil. La estampita de santa Gema Galgani era en ese momento nuestro &uacute;nico consuelo. Ella ten&iacute;a que hacer el milagro. Aquel ten&iacute;a que ser el examen. Cinco preguntas. S&oacute;lo aquellas cinco preguntas. </p>
<p align="justify">Pedro y Berto se cruzaron la mirada un segundo antes de que don Gabriel soltara:</p>
<ul>
  <li>Primera pregunta&hellip;:<span class="Estilo1"> &ldquo;Ita solus potitus imperio Romulus; condita urbs conditoris nomine appellata&rdquo;</span>. An&aacute;lisis y traducci&oacute;n. </li>
</ul>
<p align="justify">Salimos de clase c&oacute;mplices para siempre. Casi sin pensar que aquella felicidad, como todas las que nos deb&iacute;an de llegar, eran ef&iacute;meras. Hab&iacute;a sido una carrera contra el tiempo e ingenuamente pens&aacute;bamos que le hab&iacute;amos vencido. Nos equivocamos. Ahora, muchos a&ntilde;os despu&eacute;s, sabemos que &eacute;l nunca pierde. El tiempo nos regala y nos quita a su antojo. Sin piedad, y sin prisas. Aquella noche infinita se perder&aacute; como todas, cuando ya nadie la recuerde. El ladr&oacute;n fue, como siempre, el tiempo.<br>
</p>
<p align="justify">&nbsp;</p>
<p align="justify">&nbsp;</p>
<p align="justify"></p>
</body>
</html>