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<title>Documento sin título</title>
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<h2 align="center">Días de Platón y Polifemo </h2>
<p align="right"><em><strong> Rocío Gómez Romero</strong></em></p>
<p>Libros de literatura de Cátedra de pasta negra y sabrosos comentarios de expertos, sábados de fiestas de fin de curso en las aulas, paseos en el vespino, noches de insomnio y estudio compartidas, ataques de risas en las clases de gimnasia mientras practicábamos un voleibol imposible, Marx y El Capital o Platón, Velázquez en El Prado, la sonrisa amable de nuestro conserje Juan y las locuras del músico-barman Richard, El Polifemo en tres tomos, las jodidas Matemáticas, las primeras dudas religiosas, amistades que iban a perdurar eternamente, los primeros amores, las primeras conversaciones sobre política e ideología, los sueños del porvenir, el “todo es relativo”... </p>
<p>Hacer memoria de mi paso por el Instituto de Pilas es un ejercicio de nostalgia que, no lo duden, me produce sentimientos encontrados. No sólo porque cuando pasas la frontera de los treinta cualquier tiempo pasado parece mejor, también porque para escribir estas líneas resulta inevitable hacer balance de lo que una fue, lo que soñó ser y lo que finalmente es. Y quien arrastra una naturaleza inconformista como la mía (mala cosa), sabe que ese sentimiento de pesimismo existencial que siempre te acompaña se agudiza con los años, la experiencia y los fracasos, y que en ocasiones hasta cuesta plantar cara al futuro, teniendo tan presente algunos sueños del pasado... Quizás por eso, ahora más que nunca entiendo muchos de los consejos que recibí en aquella época de mis maestros, y vuelven a mi retina, con una asombrosa claridad, la media sonrisa indulgente con la que respondían a algunos de nuestros sueños de gloria... Unos gestos y unos pensamientos que, casualmente, ahora yo practico con amigos y/o pupilos más jóvenes. </p>
<p>De cualquier manera, nada podía presagiar que mi paso por las aulas del antiguo seminario menor de Pilas iba a dejarme un poso tan hondo en mi personalidad la primera vez que entré por sus puertas. Con la diminuta clase de Primero A como escenario, y muchos compañeros de pupitre desconocidos y con marcados acentos de otras localidades, recuerdo haber vivido aquel día horas de nervios, incertidumbre, miedo al fracaso y cabreo. Esto último provocado por la negativa de mis padres a internarme en un renombrado colegio de monjas de un pueblo de la provincia, donde, paradojas de la vida, han acabado estudiando los hijos de algunos de nuestros ilustres políticos locales, gestores de lo público que prefieren pagar lo privado. Mis progenitores, sin embargo, eligieron el entonces polémico Instituto de Pilas, a pesar de mi intensa campaña pro colegio religioso, mostrando una vez más los signos de una cordura y visión de futuro que siempre han tenido y que, según ellos, y para mi desgracia, brilla por su ausencia en la que estas líneas escribe. Aunque me consta que a la postre, esta decisión costó a mi madre algún quebradero de cabeza, cuando su hija empezó a “maquinar” ideas rebeldes, demasiado progresistas y anticlericales, a las que, curiosamente, también ella se ha ido sumando con los años. </p>
<p>Los primeros días de Instituto temía, temíamos mis amigas del colegio y yo, y mucho, la reconocida dureza que se gastaban los profesores del centro educativo, y sobre todo, vernos implicadas, sin quererlo, en un episodio más de fracaso escolar, como los que brillantes estudiantes de primaria antes que nosotros habían ya protagonizado en los primeros cursos de bachillerato. También recelábamos del ambiente en las aulas, y no era para menos, teniendo en cuenta la rumorología que llegaba al colegio del Centro sobre las gamberradas que protagonizaban algunos de los “estudiantes-porreros” de esta institución educativa pileña. Al final, como tantas otras veces me ha pasado en la vida, no era para tanto. Ni mucho menos. Más bien lo contrario, apenas transcurridas unas semanas de clase ya fui consciente de que la escapada al colegio de monjas hubiera sido un error imperdonable.</p>
<p>Así, el Instituto se convirtió durante cuatro años en un espacio donde practicar la libertad, que no el libertinaje, en un pequeño templo del saber que cada día te aportaba una enseñanza-idea nueva, un lugar para la convivencia y el mestizaje entre compañeros, cada uno de su padre y de su madre, donde descubrir y ser descubierta, en definitiva, una autopista hacia la madurez. Estoy convencida de que en el Instituto, en un momento crucial del desarrollo de mi personalidad, y apoyada por la inestimable ayuda de muchos de mis profesores, me hice a mi misma. Las aulas del antaño centro de preparación y educación de sacerdotes sirvieron, paradójicamente, para que me cuestionara por primera vez asuntos tan incuestionables en mi entorno familiar como la religión. Por ello, el Instituto fue, sobre todo, una puerta abierta al conocimiento de lo desconocido, un delicioso prólogo de un curso intensivo de iniciación a la cultura humanista que siempre he procurado cultivar, y que entonces acabó cautivándome a través de asignaturas y profesores imprescindibles y que tanto eché de menos en la Universidad, como la Literatura de Ismael, la Filosofía, el Francés o el Arte. </p>
<p>Al Instituto, a mis profesores de Instituto, debo la hermosa virtud de cuestionar, siempre que me lo permiten, el orden natural de las cosas, también mi vocación de estar del lado políticamente más incorrecto o de sentirme más cercana a quien ve las cosas desde un punto de vista más heterodoxo. Comencé a darme cuenta en el Instituto que es necesario enfrentarse “con alegría” a la gran farsa social que nos ha tocado vivir como la gran tragedia griega que en realidad es, a pesar de lo cual aún me sigue costando trabajo ser público pasivo. También aprendí a ser más tolerante y ecuánime, y a saber diferenciar entre lo que es justo y lo que no lo es. Me vanaglorio de conservar aún de mis años de Instituto esa loca pasión por las ideas, la palabra y la amistad, a pesar de lo que ya llevo aprendido del duro mundo de los adultos desde que abandoné sus aulas.... <br>
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