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<title>Documento sin t&iacute;tulo</title>
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<h2 align="center"><strong>TIBI GRATES, MAGISTER, AGO</strong></h2>
<p>Los recuerdos y vivencias pasadas &ndash;los m&aacute;s agradables, que la mente para eso es deliciosamente enga&ntilde;osa- se agolpan queriendo salir a la estampa cuando se trata de escribir algo referido a nuestro instituto de bachillerato. Hace nada menos que 25 a&ntilde;os que empez&oacute; a caminar como instituci&oacute;n independiente, y a los que vivimos aquellos momentos nos invade la nostalgia cuando los recordamos, a la vez que sentimos con claridad la indeleble huella que dej&oacute; en nuestras vidas haber pasado por sus aulas.</p>
<p>La democracia daba los primeros pasos en nuestro pa&iacute;s, estren&aacute;bamos una d&eacute;cada que termin&oacute; por convertirse en se&ntilde;era en la llegada de desconocidas libertades y nuestras vidas eran r&iacute;os tambi&eacute;n recientes y vigorosos, que flu&iacute;an llenos de energ&iacute;a y de ilusionados proyectos. Ese despertar a la vida adulta, unido a las singulares circunstancias hist&oacute;ricas que se viv&iacute;an en nuestro pa&iacute;s, hizo que nuestra experiencia en el instituto fuese especialmente intensa, apasionante, aunque para ello releguemos a un segundo plano consciente en nuestra memoria las angustias propias del estudiante afanoso y sometido a las exigencias de entonces.</p>
<p>En medio de aquella sensaci&oacute;n de mundo reci&eacute;n estrenado con que viv&iacute;amos, no podemos olvidar a quienes nos invitaban cada d&iacute;a a adentrarnos en los excitantes caminos del pensar y del saber: nuestros profesores. Recordar la labor ejercida en aquel naciente instituto puede hoy resolvernos muchas dudas sobre las posibilidades reales de una ense&ntilde;anza p&uacute;blica bien planteada y bien gestionada. En Pilas tuvimos la suerte de poner en marcha un centro educativo al que llegaron numerosos profesionales excelentes que hicieron del mismo un lugar donde cientos de j&oacute;venes de toda la comarca nos formamos en libertad, con calidad y con un incuestionable sentido del deber y del valor del esfuerzo. </p>
<p>Hoy, cuando celebramos que el instituto ya lleva 25 cursos en funcionamiento, y se nos pide una colaboraci&oacute;n para recordar algo de su trayectoria, pienso en cu&aacute;nto han cambiado los tiempos y en cu&aacute;ntas cosas podr&iacute;a detenerme a rememorar. Podr&iacute;a hablar de la temerosa incertidumbre que me caus&oacute; el cambio de centro para cursar 2&ordm; de B.U.P., despu&eacute;s de un verano lleno de rumores (&iexcl;otro cambio m&aacute;s!: de mi querido colegio de E.G.B. &ldquo;P&iacute;o XII&rdquo;, al Colegio Libre Adoptado, actual C.E.I.P. Virgen del Roc&iacute;o, y, ahora, que ya nos hab&iacute;amos adaptado, a un pabell&oacute;n del lejano y ajeno Seminario); podr&iacute;a hablar de mis compa&ntilde;eros, algunos de los cuales ya ni siquiera est&aacute;n con nosotros (me concentro en el recuerdo y me parece a&uacute;n escuchar la estent&oacute;rea carcajada de Antonio Jos&eacute; Diago por los pasillos, alg&uacute;n chiste ir&oacute;nico de Francisco Rojas o un comentario de Joaqu&iacute;n V&aacute;zquez sobre las excelencias de la m&uacute;sica cl&aacute;sica); podr&iacute;a detenerme a contar aquellos primeros latidos desbocados de mi coraz&oacute;n que despertaba a la llamada de la vida; podr&iacute;a relatar lo mucho que disfrutaba con la literatura o lo incompresible que a veces me resultaban las matem&aacute;ticas. </p>
<p>Sin embargo, quiero aprovechar para hacer p&uacute;blico mi testimonio de admiraci&oacute;n, respeto y cari&ntilde;o a uno de aquellos profesores que contribuyeron a marcar con tinta imborrable el recuerdo de aquellos a&ntilde;os en nuestras almas. Muchos merecer&iacute;an un reconocimiento de este tipo, sin duda. A todosles pido perd&oacute;n y permiso para hacerlo de manera particular con uno de ellos: Don Jos&eacute; Bellido.</p>
<p>Era el curso 1980-1981, el segundo de vida del instituto. Yo empezaba 3&ordm; de B.U.P. despu&eacute;s de un primer a&ntilde;o en aquel extra&ntilde;o edificio en forma de &ldquo;U&rdquo;. El curso anterior hab&iacute;a tenido sus luces y sus sombras, y entre &eacute;stas &uacute;ltimas destacaba sobremanera la asignatura de Lat&iacute;n. Por causas que no entrar&eacute; a especificar, el a&ntilde;o hab&iacute;a transcurrido sin que aprendi&eacute;ramos pr&aacute;cticamente nada de nuestra lengua madre. De ah&iacute; los temores m&aacute;s que fundados que alberg&aacute;bamos los que hab&iacute;amos elegido la opci&oacute;n de letras para el curso que iba a comenzar. </p>
<p>Muy a finales de septiembre, (o quiz&aacute;s est&aacute;bamos ya en octubre, porque en aquellos a&ntilde;os el comienzo de curso siempre se retrasaba hasta esas fechas) comenzaron las clases. No lo hab&iacute;a visto ni siquiera por los pasillos. El primer d&iacute;a en que nuestro horario se&ntilde;alaba la clase de Lat&iacute;n, lleg&oacute; Don Jos&eacute;. Era un profesor maduro, vestido a la antigua usanza &ndash;traje y corbata, tan poco usuales en aquellos a&ntilde;os a&uacute;n de trenca y pana al estilo &ldquo;progre&rdquo;- con poco pelo y unas gafas que reduc&iacute;an sus vivos ojos a una mirada escrutadora.</p>
<p>Lleg&oacute; con una energ&iacute;a que parec&iacute;a poco propia para su edad. Nos habl&oacute; del plan de trabajo para el curso y de la importancia de estudiar Lat&iacute;n, pues en definitiva nuestra lengua actual no era m&aacute;s que &ldquo;el Lat&iacute;n del siglo XX&rdquo;. L&oacute;gicamente, los alumnos nos echamos a temblar. &iexcl;Qu&eacute; &iacute;bamos a hacer nosotros con ese se&ntilde;or tan serio, tan lejano a nosotros, y en una asignatura de la que no ten&iacute;amos ni idea! El fracaso parec&iacute;a garantizado. Y m&aacute;s cuando Don Jos&eacute; nos someti&oacute; a una primera prueba de exploraci&oacute;n de nivel inicial, pero con nota. No la olvidar&eacute; nunca. Eran diez formas verbales, de las cuales no acert&eacute;&hellip; &iexcl;&iexcl;ninguna!! Un cero. El primer cero de mi vida. Yo, que siempre hab&iacute;a estado por la zona noble de la clasificaci&oacute;n de la clase, me ve&iacute;a hundido en el pozo de la ignorancia y del fracaso, aunque ten&iacute;a el consuelo de que pr&aacute;cticamente toda la clase estaba all&iacute;, conmigo. </p>
<p>M&aacute;s tarde, me di cuenta de que el m&aacute;s apesadumbrado por aquel desastre colectivo, no era otro que el propio Don Jos&eacute;. Sin embargo, &eacute;l no se dej&oacute; vencer por el des&aacute;nimo. Informado de las circunstancias adversas del curso anterior, ech&oacute; mano de su profesionalidad y se propuso arreglar aquel desaguisado. Con paciencia, entrega, incluso con devoci&oacute;n, a muchos nos fue ganando para su causa, hasta llegar a inocularnos un virus, el del amor por la lengua de Cicer&oacute;n, que todav&iacute;a hoy se mantiene perfectamente activo en nuestras inquietudes intelectuales.</p>
<p>A&ntilde;os despu&eacute;s supe valorar la grandeza de la labor que con nosotros realiz&oacute; Don Jos&eacute; Bellido. Fue, sin duda, dif&iacute;cil. Los alumnos, al principio, segu&iacute;amos vi&eacute;ndolo como una rara avis entre el profesorado. Viajaba cada d&iacute;a desde su lugar de residencia, Coria del R&iacute;o, hasta Pilas, solo, en su SEAT Ritmo blanco. Llegaba muy temprano y se quedaba en &eacute;l, escuchando la radio, hasta la hora del comienzo de las clases. En el recreo, cuando profesores y alumnos sal&iacute;amos del recinto del instituto para ir a recuperar fuerzas al bar de Juan (no hab&iacute;a entonces cafeter&iacute;a en el centro, y no pod&iacute;amos ni imaginar que alguna vez las cancelas de los institutos iban a estar cerradas), &eacute;l se quedaba en su Seminario de Lat&iacute;n, donde alguna vez lo sorprendimos comiendo unas galletas que se tra&iacute;a de casa. </p>
<p>Cuando entraba en el aula, derramaba una pasi&oacute;n en cuanto dec&iacute;a, que al principio nos hac&iacute;a gracia, e incluso provocaba que nos divirti&eacute;ramos imit&aacute;ndolo. Uno de sus sue&ntilde;os, repet&iacute;a, era que la ciencia llegase a inventar el m&eacute;todo de recuperar las vibraciones de sonido de todas las palabras pronunciadas alguna vez en el mundo. De esta forma podr&iacute;amos, por ejemplo, o&iacute;r el dolorido y resignado &ldquo;TU QUOQUE, BRUTUS, FILI MI?&rdquo; pronunciado por Julio C&eacute;sar en aquellos idus de marzo del a&ntilde;o 44 a.C.,al comprobar que su m&aacute;s querido disc&iacute;pulo se aprestaba a hundir en su cuerpo el asesino pu&ntilde;al. </p>
<p>Sin embargo, su tes&oacute;n, y su amor por el trabajo, iban dando sus resultados. Pronto la extra&ntilde;eza se fue trocando en admiraci&oacute;n, y, a pesar de que siempre nos divirtieron las bromas que hac&iacute;amos con las cosas de Don Jos&eacute;, un profundo respeto fue naciendo entre todos los alumnos hacia su persona.</p>
<p>El Lat&iacute;n empez&oacute; a dejar de ser algo incomprensible y absurdo. Tuvimos que trabajar, y mucho, por supuesto. Pero lo hac&iacute;amos estimulados por su sabio manejo. A veces parec&iacute;a desesperarse, como cuando alg&uacute;n alumno insist&iacute;a en leer &ldquo;PULCHERRIMUM&rdquo; pronunciando una &ldquo;che&rdquo; que estallaba en sus o&iacute;dos. Pero pronto volv&iacute;a a la calma y segu&iacute;a con su dif&iacute;cil traves&iacute;a. </p>
<p>El curso termin&oacute; de forma totalmente opuesta a como hab&iacute;a empezado, al menos en mi caso. El a&ntilde;o siguiente, tuve la oportunidad de disfrutarlo tambi&eacute;n como profesor de Lat&iacute;n de C.O.U. Ese segundo curso no hizo m&aacute;s que reforzar los lazos de admiraci&oacute;n y de trabajo gustoso que hab&iacute;an quedado anudados el a&ntilde;o anterior. Los textos que traduc&iacute;amos se hac&iacute;an m&aacute;s extensos y complejos y con ellos llegaba un conocimiento cada vez mayor y m&aacute;s profundo de la Antigua Roma y su lengua. Nuestras bromas &ldquo;latinas&rdquo; ya alcanzaban para pasar los recreos representando pasajes de la <em>Conjuraci&oacute;n</em><em> de Catilina</em> o para traducir al lat&iacute;n canciones populares o villancicos.</p>
<p>La etapa de instituto termin&oacute;, y ah&iacute; qued&oacute; suspendida mi relaci&oacute;n con Don Jos&eacute; Bellido. Lleg&oacute; despu&eacute;s la Universidad -donde sus ense&ntilde;anzas me fueron tan rentables-, la carrera, las oposiciones, y finalmente el cambio de ubicaci&oacute;n en el aula, para ser yo ahora el que me sit&uacute;e junto a la pizarra y con la tiza en la mano, tratando cada d&iacute;a al menos deacercarme a la capacidad de entrega profesional que me ense&ntilde;&oacute; aquel inolvidable profesor.</p>
<p>Muchas veces he pensado en ello, y otras tantas he sentido la insatisfacci&oacute;n de mantener oculta esta admiraci&oacute;n durante tantos a&ntilde;os. Por eso ahora, cuando celebramos el vig&eacute;simo quinto curso de nuestro instituto, quiero por fin hacer p&uacute;blico mi testimonio de agradecimiento, respeto y cari&ntilde;o por una persona tan singular como el que fuera mi profesor de Lat&iacute;n en aquellos maravillosos a&ntilde;os. Gracias, Don Jos&eacute;.</p>
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