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<title>Documento sin título</title>
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<h2 align="center">AQUELLOS BUENOS TIEMPOS.
</h2>
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<p align="justify">No me gusta la nostalgia, no me gusta mirar atrás e indagar en el pasado. Por ello, cuando Miguel, el actual director del IES Torre del Rey de Pilas, me pidió que escribiera algo sobre los comienzos del instituto, me lo tomé como una de esas tareas asumidas sin mucho entusiasmo y para las que nunca se encuentra tiempo. Mala cosa el olvido en este caso pues no me percaté de que Miguel es una de esas pocas personas constantes que, a base de amable persistencia, sabe convertir en obligación ineludible lo que inicialmente creí un informal y poco firme compromiso.</p>
<p align="justify"> Sin embargo, el escribir sobre los años que estuve en Pilas me hace sonreír, porque sé que aquellos fueron buenos tiempos y el comienzo de muchas cosas que aún continúan. En consecuencia, no voy a hablar de recuerdos ni de anécdotas más o menos graciosas, sino del sentimiento de una época en que todo era intenso, tan intenso que aún perdura, pues nos sigue alimentando hoy y, sin duda, lo harán mañana. Es más, en las líneas que a continuación siguen, no caben nombres, no sólo porque sería injusto olvidar alguno, sino sobre todo, porque se trataría de una enumeración innecesaria, ya que cada uno de los que compartimos aquellos días, compañeros irrepetibles, docentes y no docentes, jóvenes alumnos y, en algunos casos, amigos saben de qué y de quién hablo. Desgraciadamente, tengo la sensación de que en estos momentos, algo sórdidos para la enseñanza, queda muy poco del viejo espíritu que nos animaba.</p>
<p align="justify"> Aunque parezca un tópico, todos formábamos una familia sustentada en el roce diario y continuado. Entonces, los horarios no contemplaban la jornada continua por lo que, al dar clase tanto por la mañana como por la tarde, estábamos más tiempo en el instituto que en nuestra propia casa. Además, no había problemas si las circunstancias lo requerían para prolongar la jornada, tal vez porque la enseñanza aún era una vocación más que un trabajo o, quizás, porque la mayoría éramos demasiado jóvenes para valorar el tiempo en lo que vale o porque éramos algo tontos. No sabría decir la causa, pero sí destacar las consecuencias: tuvimos tiempo para convivir, para conocernos y apreciarnos. Evidentemente, había diferencias, pues entre nosotros, especialmente entre el profesorado, se daban distintas generaciones, distintas circunstancias familiares y distintas concepciones de la vida. En consecuencia, se producían discrepancias y, en momentos puntuales, choques importantes, pero aprendimos a no llevar razón y a respetarnos. Por todo ello creo que las diferencias fueron nuestro principal recurso y el capital acumulado de sabiduría colectiva que nos enriqueció a todos, aunque entonces no nos diésemos cuentas. </p>
<p align="justify"> Nuestros alumnos de entonces disfrutaron de una época en la que estudiar bachillerato se consideraba una posibilidad cargada de futuro y reservada para un porcentaje no muy elevado de los jóvenes de la época, jóvenes elegidos, porque estudiar era una elección personal y familiar. En este contexto, no extraña que la convivencia fuera fácil y, al menos para el profesorado, gratificante. No sé si el paso de los años ha limado las asperezas difuminando la escena, pero creo recordarme disfrutando de una clase o contemplando el brillo de los ojos atentos, mientras que explicaba algo tan inquietante como “El Mundo de Entreguerras”. Ahora creo que esas luces en las miradas nos enseñaron más que las “luces de la razón”. Nos enseñaron a desaprender lo aprendido y a sorprendernos. Los alumnos nos dieron mucho, a mí, por ejemplo, nuevos paradigmas para enfrentarme a la historia pues desde su ingenuidad me hicieron comprender que en esta disciplina la verdad es un instrumento para mancharse y tomar partido. Pero el mejor regalo fue su propia juventud, un caudal inagotable que al renovarse cada año nos obligaba y aún nos obliga a mantenernos jóvenes o a dejarlo, pese a los estragos del tiempo en el paisaje de nuestras propias vidas.</p>
<p align="justify"> Los amigos son como un hilo que mantiene aquel pasado como una parte indispensable de este presente. Fueron, somos, un buen grupo, porque el hecho más excepcional de aquellos primeros años fue la coincidencia de muchas almas gemelas, lo que explica que la amistad continúe y que el hilo no se rompa. De aquel grupo, algunos seguimos compartiendo trabajo en el IES Tartessos de Camas; otros nos vemos periódicamente en algunas jornadas dedicadas a la enseñanza o en alguna circunstancia fortuita e, incluso, unos pocos elegidos, llamados a la gloria deportiva, nos vemos todas las semanas para jugar al futbito. En todos los casos, encontrarse nos mantiene unidos.</p>
<p align="justify"> Frente a aquellos días, frente a aquel modelo de enseñanza, la vida en los institutos se ha hecho más complicada. Las razones de este deterioro no están claras. Tal vez porque la enseñanza, como reflejo de la sociedad, se ha hecho más compleja y no estamos suficientemente preparados para gestionar la complejidad. Ya se sabe, cuando realidades complejas se abordan con mente simple se crea una complicación, un problema. Hemos aprendido que no hay recetas milagrosas, estamos seguros de que un problema no se soluciona empapelándolo y burocratizándolo y sin embargo, muchos aún creemos que hay que seguir luchando y andando, tal vez porque la ilusión de aquellos días nos vacunó contra el desencanto.</p>
<p align="right"><em><strong> Buenaventura Delgado Bujalance.<br>
</strong></em></p>
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